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El día más peligroso y estrambótico de los 6 meses que viví en Nepal, fue cuando decidí adentrarme en la selva de Chitwan. Mi objetivo era pasar el día recorriendo la selva y tratar de ver alguno de los animales salvajes que allí habitan, como monos, rinocerontes o el temido tigre de bengala.

Según todas las guías de viajes y blogs que había leído antes de embarcarme en esta aventura, se recomienda ir acompañado por dos guías expertos, aunque solo vaya un “turista”. Primera sorpresa, cuando vamos a salir aparece un guía nada más y nos dice que iremos con él.

Una vez que nos montamos en el vehículo que nos acercaría a la entrada del parque, nos ofrece un mini palo “¡por si acaso!”. De nuevo algo falla, solo teníamos dos palos para tres personas, de dimensiones ridículas, menos de un metro de largo y 4 cm. de ancho, que no harían daño ni a un gato.

La sonrisa perenne de nuestro maravilloso guía, cambió a un gesto de preocupación cuando la barca que nos había llevado regresaba por el río infectado de cocodrilos, dejándonos sin posibilidad de vuelta atrás. En un inglés perfecto, del que anteriormente no había hecho gala, nos indica que debemos tener mucho cuidado con 4 animales.

El oso perezoso: no penséis que es ese oso tranquilón que vive en las selvas de Sudamérica, que tarda veinte minutos en rascarse la cabeza, no, es un oso de verdad con unas garras que Lobezno parece una caricatura. Si lo vemos, hay que actuar cerrándole el paso para que no alcance al que no lleva palo, mientras le damos una somera paliza para que huya. No sonaba nada bien.

Un elefante: sabiendo que corre más que nosotros, y que como estés en su mira, es casi seguro que mueras, la única opción factible es buscar el árbol más ancho que haya y ponerte detrás de él. Estarás dando vueltas en círculo hasta que se canse o te mate.
Una ligera observación al entorno, nos adelantaba que este plan carecía de sentido, ya que los árboles que nos rodeaban no tenían ni medio metro de grosor, ¡como venga el elefante estamos listos!

Un rinoceronte: no es mucho mejor, al igual que el elefante, correr no te va a salvar, ellos pueden alcanzar los 40 km/h, así que lo único que se puede hacer es subir a lo alto de un árbol, a más de dos metros para que no te pueda alcanzar.

Tigre de Bengala: la única indicación en este caso es rezar. Ese día aprendí como se decía en inglés.

Octavio tuvo su primera descomposición de estómago.

Hechas las advertencias, recupera su sonrisa y nos indica un termitero gigante para que hiciéramos un poco el turista y nos sacáramos unas fotos. Momento que aprovechó para alejarse unos metros y empezar a mear. No soy ningún experto, pero creo, que mear en la selva puede ser un poco como darles el pistoletazo de salida a esos pequeños animales que nos esperaban, cada cual peor, para matarnos de alguna de las formas más terribles que nos habíamos imaginado.

Ya sin más sobresaltos ni meadas, nos pusimos en marcha. Fue aquí cuando nos enteramos que nuestro guía llevaba sólo dos meses trabajando como tal, su experiencia anterior era de cocinero en Kathmandú, otro tipo de jungla nada parecida. Y en su corto recorrido, semanas atrás, ya tuvo un susto con otros turistas, donde perdió uno de sus zapatos en la huida de un intento de asesinato de un rinoceronte cabreado.

Con toda la tranquilidad que puedes tener en el cuerpo después de la información recibida, seguimos camino con la segunda descomposición de estómago de Octavio. Durante una hora, no tuvimos más sobresaltos a parte de algún mono y gritos de pavos reales, hasta que llegamos a un lago donde un rinoceronte comía algas.

Una de las advertencias que te indican siempre es no acercarse a menos de 20 metros de uno de estos animales, “Casi todos los accidentes que hay en esta selva, son por la imprudencia del guía, que con afán de agradar al visitante, se aproximan de manera arriesgada a pocos metros de estos bichos…” Esta frase no paraba de darme vueltas a la cabeza, mientras veía como mi guía cada vez se acercaba más y más, a la vez que hacía ruiditos como si de un perro se tratara para acariciarlo.

Como broma estaba bien, pero el zenit llegaría cuando empezamos a escuchar un ruido, parecido al de una excavadora, Octavio y yo nos miramos, y en ese momento, a unos cuarenta metros, por el lado opuesto al rinoceronte al que estábamos molestando, aparece el colega de este.

La situación era esta. Tres intrépidos exploradores con cara de pasmados viendo un rinoceronte comiendo a la derecha, un lago con cocodrilos a nuestra espalda, y otro rinoceronte acercándose por la izquierda. Tenemos dos salidas, o empezar a correr como locos de frente, nada recomendable, ya que nos alcanzarían fácilmente, o subirnos a un árbol y esperar a que se marcharan.

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Ahí estábamos los tres gilipollas subidos a un árbol, que por suerte era largo y estaba algo inclinado hacia el agua, lo que nos dejaba una vista perfecta del nuevo rinoceronte, del que nos dimos cuenta que tenía una herida sangrante en uno de sus costados. ¡Esto mejora!

Una hora y media estuvimos subidos al árbol, donde nos atacaban hormigas y arañas en las manos, que hacían peligrar nuestro equilibrio pudiendo caer directamente al lago, mientras esperábamos la muerte o una oportunidad para escapar. Nuestro guía, con su peculiar humor generador de ambientes distendidos, silbaba y llamaba a los inofensivos animales para que se acercaran.

Menos mal que pudimos salir de ahí haciendo el menor ruido posible, porque la tercera descomposición de Octavio era inminente, y también la primera de alguno de nosotros.

Con la paranoia persecutoria de algún animal, llegó el momento donde Octavio, pálido y temblando, se frena en seco mientras nos agarraba, señalando un punto determinado entre los árboles y en voz queda, dice, ¡Tigre! ¡Un puto tigre!

No lo veíamos por ningún lado, pero allí señalaba, el guía levantó el palo y se juntó a nosotros, empezamos a pensar a que diosito le rezaríamos, y si dejaríamos el ateísmo por un culto radical a lo que fuera, cuando en ese momento, empieza a moverse el lugar donde nos indicaba.

¿Pero qué…? Un maldito ciervo, con unas astas enormes pastaba tranquilamente delante nuestro, los suspiros y las risas empezaron a brotar, por esta vez, ningún animal nos mataría. ¿Y pensar que por poco me hago creyente?

Después de cinco horas dando vueltas por la selva y consiguiendo el objetivo más deseado, salir vivos, terminamos bebiendo Roxy hasta casi caer desfallecidos mientras celebrábamos un día más de vida. La verdad que la próxima vez me pongo un documental.chitwan, rinocerontes, chitwan selva nepal, nepal, nepal chitwan, lago nepal

Escrito por C. Benítez.

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3 comentarios

  1. Las cosas que están mal siempre pueden empeorar, menos mal que esta historia tiene final feliz, aunque se de buena tinta que el tal Octavio sigue con diarrea.

  2. ¡Joder! ¡Menuda aventura! y menos mal que al final el tigre no era un tigre, que si no ya os veo de dos maneras o siendo la merienda del tigre o regresando con los pantalones manchados de marron (y no precisamente de barro) 😀

    1. Jjejej! Pues la verdad que si. Menos mal que no apareció el tigre, no me querría haber visto a Octavio con una cuarta exitosa descomposición…

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