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¿Parece mentira verdad? Cada temporada de cerezas decimos que es la última, pero una y otra vez, acabamos en lo alto de una escalera mientras peleamos por ganarle unos segundos al reloj y llenar cada vez más rápido los buckets. Así que, este año no iba a ser diferente.

Con el recuerdo de la magnífica temporada del año anterior que batió récord de producción en muchas de las granjas de Cromwell, comenzábamos con unas expectativas que ni en la fábula de la lechera, y no era para menos, los árboles se veían repletos de fruta y en los ojos de los jefes se dibujaban los dólares cada vez que hablaban de cerezas.

Los rumores de dinero fácil y rápido se extendieron tan rápido este año, que incluso a los pickers con experiencia nos estaba costando encontrar trabajo y los grupos de internet se llenaban de preguntas e hilos de gente deseosa de información, granjas donde trabajar…

Como todas las primaveras, la fiebre de las cerezas daba su pistoletazo de salida en el norte de la Isla Sur, en Blenheim, para terminar en Central Otago, conformando una peculiar romería de pickers y mochileros en busca de “El Dorado del viajero”, pero esta vez se guardaba un disgusto para muchos y una lección para todos.

La primavera más fría de los últimos 100 años en Nueva Zelanda vino acompañada de días grises e interminables de lluvia que llenaron de preocupaciones a los dueños de las granjas y arruinaron la producción justo en el momento que estaba lista para recoger, y es que, como dice mi madre, en la agricultura nunca puedes predecir nada.

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Encuentra la que todavía se puede salvar

Ramas repletas de enormes cerezas que serían perfectas si no estuvieran todas explotadas, podridas o llenas de hongos, resultando inútil el esfuerzo del helicóptero por secarlas durante toda la mañana y que costó una fortuna a los dueños de la granja que no pararon de dar vueltas e indicaciones contradictorias cercados por el terror al ver como perdían, sin poder remediarlo, su cosecha.

Cerezas en Nueva Zelanda
Pájaros muertos al quedarse enredados

Pronto se propagarían los rumores y el nerviosismo al campamento picker. Una pequeña explanada al lado de los cerezos donde dos hileras de coches estacionados compartían el espacio con un baño químico y decenas de pájaros que de forma agónica morían atrapados en las redes que protegían los árboles de sus picotazos. Lo que iba a ser un mes de trabajo, se convertiría en una semana, dos en el mejor de los casos, un ERE de picker iba a hacer temblar al grupo dejándolo en la mitad, y así un largo etcétera que nos hacía preguntarnos constantemente ¿para qué demonios hemos vuelto a hacer la temporada de cerezas?

Las jornadas de trabajo se volvieron tan frustrantes que acabaron con la paciencia de los pickers más experimentados al tener que seleccionar tanto las cerezas que llenar un bucket se convertía en un drama constante solo aliviado, en parte, por el incremento en el precio que nos pagaban por cada uno.

Aun así, la diáspora no se hizo esperar, como un cuentagotas, uno a uno sin pausa, iban renunciando nuestros compañeros poniéndoselo fácil a los jefes y dejándonos casi solos en el campamento.

Temporada en Blenheim

Una vez que todos nos hicimos a la idea de que este año en Blenheim la cosecha de cerezas iba a ser un fracaso, los ánimos se tranquilizaron, los jefes nos anunciaron que tendríamos algunos días más de trabajo y llegaron noticias de Cromwell, la últimas heladas habían echado a perder las cerezas tempranas, causando daños en algunas orchard del 50%. ¡Vaya año! ¿Y si nos vamos a abrir mejillones otra vez?

Vivíamos en el día de la Marmota, un día largo que solo se alteraba a cada nuevo rumor o cancelación de futuros contratos por que ya no nos necesitaban para trabajar. Donde nuestro “crew boss”, uno de los mejores jefes que hemos tenido, no sé si porque había sido picker por más de 10 años y conocía nuestra frustración, o porque peleaba para que nos pagaran un poco más todos los días ¡y lo conseguía!, repetía el mantra “esta temporada va a romper los sueños de muchos pickers”. Y la verdad que no le iba a faltar razón.

Aun así nosotros no la dimos por perdida y después de unos días trabajando en viñedos, donde me comí por primera vez una avispa mientras corría con la boca abierta, regresamos a trabajar en la misma orchard que el año anterior en Cromwell.

No sé en qué momento pensé que realmente nunca me había marchado de allí, si fue cuando vi la cocina con una cordillera montañosa creada a través de platos y sartenes sucias, cuando entré al váter despejando papeles como si fuese un quitanieves o me encontré al primer compañero lidiando con una resaca que no le dejaba mantenerse en pie. Aunque rápidamente me di cuenta de que era otra temporada al ver como una de las esquinas de la cocina se había convertido en un improvisado estudio de tatuajes que repartía infecciones como diseños mojoneros por doquier, un nuevo nivel superado en el campamento picker.

Pero no todo iba a ser malo. Por suerte, este año seríamos la mitad de personas viviendo en el mismo lugar, con lo que la convivencia se hacía más llevadera que el año anterior y solo se veía alterada cuando nuestro compañero nudista hacía una de sus exhibiciones en la cocina.

Y finalmente, casi dos meses después, con las manos llenas de heridas y disfrazados de mujeres acabamos por fin nuestra cuarta temporada de cerezas, y espero, que la última.

Escrito por C. Benítez

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3 comentarios

  1. Porfavor necesitamos documentos que demuestren la existencia de tal nudista, siendo así posible ver algún que otro vídeo y si es posible un wallpaper para mi celular

    1. Por razones de salud mental esos documentos no se pueden hacer públicos. Aunque el trauma fue permanente en la cocina, por lo que cualquier picker que trabajó este año en Fortune puede dar fe de ello.
      Me gusta tu curiosidad.

  2. quiero ser picker y a costa de mi salud mental y fisica ganar dinero porque en verdad lo necesito y ademas de que necesito salir de mi país tambien estoy harto de vivir en este pais que lamentablemente no progresa en cuanto a trabajo att: ed desde panama

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