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Sumatra es uno de esos lugares donde la palabra viajar cobra pleno significado, donde la percepción del tiempo se diluye entre abruptas carreteras y guiarte por tus instintos vuelve a ser esencial para evitar tropezar con falsos samaritanos que se mezclan entre las personas de gran corazón.

No tardamos en darnos cuenta de esta dualidad nada más llegar a la terminal de autobuses de Dumai. Un espacio que lucía medio abandonado, sin atisbo de actividad y con todas sus oficinas cerradas salvo una.

Rápidamente aparecieron tres sujetos a cada cual más estropeado. Entre ellos no sumarían una docena de dientes, caras desgastadas por una vida de excesos, ropas que conocieron el jabón en un pasado remoto y como broche, una cojera producida por una pierna claramente más corta que la otra que afectaba al que llevaba la voz cantante, quien recordaba a un Lazarillo de Tormes en sus últimos momentos.

Mientras nos interpelaban nuestro destino comenzaban a rodearnos y dirigir miradas lascivas hacia Silvia, provocando una sensación de incomodidad inmediata.  Una vez que conseguimos zafarnos de su círculo, pero no de sus penetrantes miradas, y teniendo una espera de más de cinco horas en ese remoto lugar, decidimos huir de allí haciendo autostop.

Afortunados de nosotros, no tardamos en dar con un cálido conductor que, a pesar de su escueto inglés, dejó claro que no quería dinero, tan solo conversar un rato.

Está claro que el idioma es una barrera importante pero si hay voluntad todo el mundo se puede entender, ¡y sino que se lo digan a mi tío! Quien ha recorrido medio mundo sin saber ni siquiera pedir agua.

En las 6 horas que estuvimos para recorrer 120 km. entre un inglés a trompicones y palabras en indonesio que entendíamos a fuerza de repetición, conseguimos saber un poco más sobre Sumatra, precios y lugares donde ir.

Nuestra tranquilidad se vio interrumpida al apearnos del camión en una estación de servicio, donde proseguiríamos en autobús al desviarse nuestros caminos, pero antes de separarnos nos hizo el último favor de apalabrar el bus hacia Bukittinggi.

El lugar no ofrecía mucha más alternativa que una ardua espera en un restaurante que nos deleitaba con una nueva colección de baños por el mundo. Elsumatra, baños, indonesia dueño, fácilmente llamado Christian, daba órdenes a su pequeña tropa de camareros mirones que no quitaban ojo a Silvia. A tal punto llegó su descaro, que sin vergüenza alguna, se acomodaron la mitad sentados, la otra de pie, frente a nosotros sin parar de observarnos mientras sacaban fotos de modo poco disimulado.

Entretanto hizo aparición el encargado de los autobuses. Un hombre de mediana edad, con un bigote negro, envidia del mismísimo Aznar, con unos ojos del mismo color de los que brotaba una miraba desafiante.

No tardó en encarecer el precio que había acordado con el camionero. Pero después de un tira y afloja, conseguimos una leve bajada, y por arte de magia, también de partida, se adelantaba una hora.

Tras una larga que espera donde fuimos más observados que el Guernica, apareció un híbrido de furgoneta mini-bus, con la música a toda leche, cargado de sacos de maíz y con unos proto-asientos que hacían de Ryanair un lujo asiático. ¡Vaya! ¡Esto no es el bus-cama que nos prometieron!

De él bajo un conductor que no superaría los 15 años de edad, que tras hablar con el encargado, nos indicó que subiéramos. En décimas de segundo ya teníamos nuestras mochilas acomodadas y nos apremiaban a que eligiéramos asiento.

Después de unos instantes de indecisión nos negamos a viajar aludiendo que nos habían vendido un bus-cama, no eso. Fingiendo que no entendían por qué, entre risas nos comentaron que el último pasaba en una hora.

Ya noche cerrada y con el sueño asomando, apareció el último autobús. Una vez arriba, se nos ocurrió preguntar a otro pasajero cuanto había pagado.

No se parece al autobús cama que me prometieron

¿Enserio? ¿Has pagado la mitad que nosotros por el doble de trayecto? ¡Vaya con el pseudo- Aznar, va a ser peor que el original!

Con una sensación de estafa y derrota busqué con pocas esperanzas al encargado para pedirle que me regresara el dinero estafado, comenzando uno de los momentos más surrealistas y cargados de teatralidad que he visto en mucho tiempo.

Entre el conductor y él, usaron todas las engañifas que tenían a su alcance, a cada cual, más cutre. Desde enseñarme el precio de los ticket pagados por los últimos pasajeros que no sumaban lo que decía que valía, como bajarme a un pasajero con la lección aprendida que al momento de pedirle el billete para corroborar lo que había pagado, se escabullía entre los espectadores que se habían formado alrededor nuestro, hasta hacer conato de bajarme las maletas mientras amenazaba con no querer pasajeros como yo en su bus.

No sé si fue la insistencia, su falta de argumentos para cobrarme el doble, o que todos los pasajeros del autobús estaban asomándose por la ventana sin entender que ocurría, pero lo que parecía que iba a quedar en una noche al raso en una perdida estación de servicio pudo solucionarse con un luchado precio justo por los billetes.

Una vez en marcha, todos nuestros intentos para descansar fueron frustrados por guitarristas que no tenían mejor momento en el que ponerse a tocar que a las dos de la madrugada o alarmas ininterrumpidas con sonido de taladro desde las cuatro de la mañana.

A nuestra llegada a Bukittinggi, exhaustos del viaje y una vez conseguido escabullirnos del nutrido grupo de tuk tuk que nos ofrecían sus servicios, descubrimos un bar donde, con una sonrisa de oreja a oreja, nos sirvieron un reconfortante desayuno con el que empezar la búsqueda de un lugar donde alojarnos y descansar del largo viaje.

Escrito por C.Benítez

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3 comentarios

  1. La reina de los mares

    Que fuerte, pero después de tanto viajar a ti no te engañan.
    Aunque bien pensado a los extranjeros les intentan timar en todas las partes del mundo. En algunos países como sabrás hay precios distintos para los locales e incluso monedas diferentes.

    1. Muy poco falto para que nos la colaran bien.
      Ahora que dices los de los precios según nacionalidad, recuerdo el ciber del pueblo más cercano que teníamos cuando vivíamos en Nepal, y como cambió los precios para locales y nacionales, tripicándolo para nosotros, incluso nos cobrabra aún más si hacíamos llamadas por skype. que era a lo que íbamos todos…

  2. Menudo catalán que estás hecho

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